Parentalidad para los Niños de Hoy: Regulación  Emocional y Flexibilidad.

 Muchas veces se ha asociado a que ser “buenos padres” es tener hijos “bien portados” y ajustados a la norma. En numerosos programas de parentalidad, el objetivo ha sido lograr que los hijos se porten bien, dejen de hacer pataletas, no peleen con los hermanos y respeten a sus padres. Sin cuestionar dichos objetivos, que de cierto modo ayudan en muchos aspectos, en esta oportunidad presentaré un cambio de foco, que no es excluyente del anterior, pero sí bastante más amplio y necesario.

 

Actualmente, la demanda en atención psicológica en niños(as) es altísima, al igual que las cifras de trastornos en salud mental en la infancia y adolescencia. Las tasas de suicidio, trastornos de ansiedad, de ánimo, de conducta entre otros han aumentado en los últimos años, lo cual hace imprescindible que como padres reevaluemos nuestras estrategias parentales y reenfoquemos los objetivos que buscamos desarrollar en los niños.

 

A la base de múltiples trastornos en salud mental, se encuentra un déficit en la regulación emocional, y una tendencia a la rigidez en la manera de resolver los conflictos o problemas. Asimismo, los niños se encuentran debutando en un entorno complejo, que exige altas demandas de rendimiento, en donde la necesidad de hiper alerta y tensión se vuelve más la norma que la excepción. Por otra parte, el uso de redes sociales y la inmediatez con que reciben información junto a un déficit en habilidades interpersonales los expone a riesgos innumerables en el desarrollo de la autoestima y la identidad.

 

Asimismo es muy frecuente que haya escaso tiempo de conexión y calidad con los niños, debido a padres hiper ocupados y estresados. Y es más, debido a la cantidad de horas de escolarización, junto a actividades afterschool o extraprogramáticas los niños de hoy tienen cada vez menos tiempo de juego libre, lo cual es fundamental para un sano desarrollo. A esto se suma la falta de tiempo para enseñarles otras cosas como valores, el deber de ayudar en la casa, la tolerancia a la frustración, etc. que son aspectos que requieren tiempo y dedicación, y aunque el colegio aporte en ello, muchas veces puede ser insuficiente. Por ende, estamos en un escenario complejo con una fórmula clara que potencia el desarrollo de niños y niñas con dificultades de adaptación y tolerancia al malestar.

 

Por lo tanto, uno de los focos que está girando respecto a la parentalidad es dejar de tomar como objetivo el lograr una conducta apropiada en el niño, sino sostener un propósito a largo plazo de desarrollar habilidades de gestión emocional, resolución de conflictos y flexibilidad. Si bien esta temática, da para desarrollar libros completos, en esta oportunidad escogí algunos consejos prácticos para apuntar en esa dirección.

 

1. Revisión personal: Es clave que seamos padres conscientes de nuestras emociones y de los gatillantes de estrés. Preguntarnos: ¿Qué remueve en mí cuando mi hijo me desobedece? ¿Qué emociones tolero más y cuáles menos que ellos expresen? ¿Por qué tolero más algunas emociones que otras en mis hijos? ¿De dónde viene aquello en mi historia? ¿Qué juicios o miedos motivan mi conducta hacia el niño? Esto nos permite tomar distancia y reflexionar acerca de cómo nos sentimos y así actuar de manera reflexiva. De esta forma podemos actuar con mayor autorregulación y esto es importante porque el modelaje que hagamos es crucial en su aprendizaje. 

 

2. No ir al rescate de las emociones adversas: es muy común que los padres eviten que sus hijos se frustren, sientan ansiedad, tristeza, miedo, vergüenza, no obstante, para aprender a tolerarlas y a gestionarlas debemos sentirlas, estar abajo, en lo desagradable, incómodo y adverso. Sin lugar a duda la necesidad de mayor o menor ayuda en procesar las emociones, y mediación en resolver los conflictos va variando en relación a su edad. Pero irán aprendiendo que las emociones son pasajeras y que existen formas de volver a la calma. Volvemos aquí a la importancia de pensar en nosotros, qué nos moviliza a evitar rápidamente que los niños se sientan de tal o cual manera, es la culpa, el miedo, necesidad de control, etc.

 

3. Ojo con los juicios de valor: La aceptación y observación de los sentimientos es algo que podemos irles enseñando. Las emociones son como son, se sienten distintas, pero no son "buenas" ni "malas". Para esto pueden encontrar múltiples ejercicios de "mindfulness" o "atención plena" en su traducción al español. Además, para reforzar la conducta del niño no es necesario ni recomendable usar frases de halago como "eres tan linda" "eres muy bueno" ni menos críticas o no constructivas " eres muy flojo", "te portaste mal con tu amigo" etc. Basta con hacer observaciones de la conducta "vi que decidiste no ordenar tu pieza", "te noté complicado con compartir tus juguetes" o "estás trabajando en equipo con tu hermana". Esto abre mayor conversación con los niños y además apunta a disminuir un desarrollo de baja autoestima o narcisismo. 

 

4. Los límites: Un niño(a) o adolescente que sabe qué puede hacer y qué no, hasta dónde se permite y cuáles son las consecuencias, le genera una sensación interna de confianza y seguridad. No obstante, existen etapas del desarrollo y circunstancias en donde la necesidad de exploración, autonomía e independencia pueden desafiar dicha necesidad de seguridad y cuidado. Por lo tanto, los límites deben ser consistentes (mientras más se repiten más se aprenden y se entienden) y flexibles, porque los niños y niñas van creciendo y sus capacidades de hacerse cargo de sí mismos también, por lo tanto hay veces que hay que ir soltando y probando si tienen la capacidad de autonomía que demandan. 

 

5. Plan de calma: se puede contar con formas previamente planeadas para hacer frente a un mal día, a emociones desagradables y/o situaciones de estrés. Cada integrante de la familia puede tener un plan puntual con una estrategia conductual específica. Por ejemplo llamar a un amigo(a), darse una tina de agua caliente, salir a caminar, pasear al perro, regar las plantas, hacer flexiones, pintar mandalas, hacer collares, romper papeles, moldear plasticina, hacer burbujas, jugar con slime, inflar un globo, etc. Esto ayuda a normalizar las emociones desagradables y los "malos días" y da herramientas concretas que ayudan a sentirse mejor, cosa que ya estando en la emoción es difícil hacer en ese momento porque todo se siente fuera de control. 

 

6. Aporte a la comunidad: las acciones que apunten al bien común son muy importantes de mantener en un entorno individualista y exitista, en donde vemos que los niños(as) de hoy se les premia a partir del éxito individual como en un deporte o en las exigencias académicas, pero se le pone menos reforzamiento al hacer cosas simplemente porque corresponde ayudar y cooperar. Es un principio que luego generará mejores ciudadanos y personas más felices y responsables con el entorno. Los que aprenden esto tendrán mejores oportunidades de bienestar emocional ya que contribuir al resto, al entorno, a las personas, al planeta, lo que sea, nos da un sentido mayor de pertenencia y propósito. Por lo tanto, es altamente recomendable enseñarles a los hijos que al igual que como deben asistir al colegio, deben ayudar a levantar la mesa, hacer tareas domésticas, cuidar a los animales, ayudarse entre hermanos, etc. como parte de las reglas en el hogar. Para ello existen diversos sistemas de colaboración, pero lo importante es que se les eduque de pequeños en aportar con conductas concretas a una buena convivencia en el hogar.